miércoles, 5 de marzo de 2008

El cabo Montalbo

El sol no apareció en varias semanas,
y los truenos se confundían con balas.
El paisaje de lluvias, sangre, y barro,
de los compañeros tan mutilados,
a los ojos del cabo Montalbo
no eran mas que las negras huellas
de un camino rocoso y obligado.

Una aritmética de largo sencilla
le oxigenaba el corto fusil, y la daga,
aunque el fusil, extraño, no le servía:
¡Matar a uno es salvar la vida!
¡Matar a uno es salvar mi vida!
Los compañeros no comprendían
la fiereza de su cabo Montalbo.

No era valentía, no era maestría.
La patria no le importaba una pizca,
Y Dios tampoco era su guía,...
¿Qué podía ser aquello que hacía
que la daga del cabo Montalbo
fuera por la sangre tan temida?

Al llegar la noche negra y fría,
todos dormían, y el cabo de vigía
se quedaba buscando entre estrellas
la boca de un ángel, y no dormía.
Era ese momento en que sonreía
el momento de su verdadero día.

Un diez de agosto nació su hija,
y un diez de agosto una bala abría,
certera en su pecho de mamas,
el camino llano hacia un mejor día.
El cabo Montalbo yacía muerto
Con los compañeros en mirada fría.

Y todos mudos se quedaron cuando
descubrieron el secreto de su cabo.
El fusil no le servía, y sólo la daga,
pues las cartucheras no tenían balas,
sino papeles escritos y arrugados
que hablaban de no sé qué elegía.

¡Maldita lucha por la vida,
Y es que era poeta el condenado!


12-03-2002

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