miércoles, 5 de marzo de 2008

Tus ojos, compañero.

Quédate tú si quieres,
pero tus ojos de blanco invierno,
tus ojos me los llevo conmigo.
Para estamparlos abiertos
contra la espesura sangrante
de un corazón amigo.

Llorando pestaña tras pestaña,
la libertad de su vuelo,
que gota a gota me indicará
mis rumbos y mis caminos,
me los llevo conmigo.

Quédate, que ahí te pudras;
ellos tienen las alas crecidas,
y yo el ansia ciega de pecar.
Quédate con tus carnes, con tus huesos,
pero tus ojos, ¡ay, esos, ...!
Esos me los llevo conmigo.

No temas por ellos compañero,
que te escribiré desde el infierno.
Allí me los llevo a desafiar al fuego;
al dolor oscuro de mi amor certero.
Pero cuando a ti vuelvan,
vencedores,
añorando su hueco,
y lagrimando su último vuelo,
no les preguntes por mí,

que andaré ya ciego, ó muerto

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