Era un castillo trivial,
confundido entre montes
y alejado de los mares.
De su altura, turbia y feudal
veíanse sol y horizontes
aunque escasos avenales.
Era del castillo un zorzal,
vagaroso de los rincones
y corto en sus volares.
Suponiase de talante cabal,
pues huía de los halcones
apagando sus cantares.
Era una isla en el mar,
ordinaria en la figura
y muy pobre en relieves.
De su arena, y cual altar,
surgía la estrecha cintura
de una palma alta y leve.
Era una gaviota en la palma,
de todos los cielos voladora,
y trepadora de mares azules.
Suponiase grande el alma,
pues de la isla era señora,
aunque no figurara en hules.
Era un día de poca calma,
de altos vientos y tempestad,
que azotaban montes y mares.
Tanto el castillo como la palma
vieron a sus dueños desertar
buscando sosegados lares.
Era de ese día un encuentro,
de la gaviota y el zorzal,
en algún lejano paraje.
“-¡De un castillo soy dueño!
-¡Y yo señora del mar!
(Bien que apreciaban su linaje).
Pero era que mirándose,
de los montes se olvidaron,
y del castillo,... también del mar.
Y los ojos casi besándose
en bajo vuelo descubrieron
al amor en plena soledad.
miércoles, 5 de marzo de 2008
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