Golpean constantes mi ocre arena
las blancas y rugientes olas.
largos caminos hacia la tierra,
al mando de vientos sin batuta,
que arriban sin desmayo para mi fiesta
hasta morir en brazos de la piedra.
Largas espumas en cadena
afloran en mi mente melancolía,
agua verde siempre viva,
con fuerza de mil diablos en ristra,
que envuelven en cambio con ternura
a las carnes calientes y enrojecidas.
¡Cuánto revuelo en los mares,
por alcanzar el destino cuanto antes!
nacer, y crecer hasta caer
a los pies de quien poco agradece
y sin embargo, nunca desfallecer
porque en ello está la suerte
de ser, sin ser, lo que se es:
una ola blanca hacia la muerte.
miércoles, 5 de marzo de 2008
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